Como ya conté, recibí un par de entradas para la Staatsoper de Stuttgart. ¿Para ver qué? Una ópera, como era previsible; en este caso, La Traviata, de Giuseppe Verdi.
Es de todos conocido que, cuando una es joven, no puede ir por el mundo cantando alabanzas a la voz de Joan Sutherland; es algo que está muy mal visto si pretendes que te tomen mínimamente en serio, eso lo sabe cualquiera. Pero como esto de ser joven se va acabando, y las personas que lean esto (a) ya conocen mis defectos y saben de qué pie cojeo, (b) no me conocen así que les da igual, contaré algo al respecto.
Bien, era mi primera ópera en muchísimos años, porque si bien no es caro ir a la ópera, en Málaga las oportunidades no están a la orden del día. Ya hablaré en otra ocasión sobre esta pretendida (e inexistente) exclusividad.
La última vez fue hace más de 5 años, antes de empezar la carrera, y no fue una representación tal cual, sino un ensayo general en el Cervantes, precisamente de La Traviata, al que -al menos entonces- se podía entrar libremente -léase gratis. Era un poco cómico, pues aunque la mayoría de los cantantes hacían lo que se les presupone, cantar, los dos protagonistas canturreaban muy bajito para preservar la voz para la función del día siguiente.
Antes de aquello, creo que la última de verdad fue una Madama Butterfly, y de eso hace posiblemente 10 años. No me he prodigado mucho por los teatros del mundo :). En total, me sobran dedos para contarlas, he estado en ocho representaciones, todas en Málaga. Así llegó esta Traviata en Stuttgart.
El argumento, como algunos quizá sepan, cae en el género del drama romanticoide. A tales cotas llega, que me da vergüenza ajena repetirlo aquí (léanlo allí). Solo diré que Verdi no escribía comedias románticas y que la tisis (enfermedad presente en la obra) no se curaba allá por 1848; el resto es, a su manera, bastante previsible.
¿Y qué tal ha estado la función? Veamos… el preludio empezó con muy buena pinta, pero el primer acto resultó un poco catastrófico: el tenor no daba el tipo, la coreografía impuesta al coro resultaba ridícula, las voces me parecían en general demasiado entrecortadas, y por si fuera poco, la soprano se fue apagando en el Sempre Libera y no pudo cantar las últimas notas del acto (es una parte culminante de toda necesidad que no se puede quedar sin ser cantada, para que nos entedamos). Luego aquello fue mejorando, en el segundo acto Germont hizo aplaudir al público por primera vez, y en el tercero Violetta se enmendó y su Addio del passato fue medio decente.
La puesta en escena no era ninguna maravilla pero bueno, tampoco era repugnante. De los directores de escena te puedes esperar cualquier cosa, y todo es, francamente, empeorable.
El teatro me ha gustado; es pequeñito, pero, a mi modo de ver, optimizado para la ópera. Además, el gallinero es un sitio muy confortable en la Staatsoper; nada de bancas de madera, sino butacas acolchadas para poder estar tres horas sin dolor de espalda. En el tercer piso hay también una terraza muy agradable, desde donde se ve el centro de Stuttgart y las colinas que lo rodean:
Y desde allí también, la gente charloteando antes de decidirse a entrar al teatro:
Por cierto, al principio creí que el público estaba wagnerizado y decidido a no aplaudir ni una sola de las arias. Pero en la mitad del segundo acto aplaudieron a Germont, entonces me percaté de que sólo lo hacen cuando les gusta… lo cual me parece lógico.
Insomma, a pesar de que no fuera una Traviata perfecta, me ha encantado poder estar allí. Repetiría, pero quién sabe cuándo será posible otra vez.
Lo que me quedaba por ver, ¡una Traviata con licencia Creative Commons!