Hace ya varias semanas, me quedó media hora muerta en el centro, así que decidí pasarme un rato por una librería. Ya me conozco y sé que es altamente probable que se me antoje comprarme algo, así que paso rápidamente por las estanterías, sin pararme mucho, hasta llegar a la sección de libros en lengua extranjera; si me acabo comprando algo aquí, será por una «buena causa», como mejorar mi inglés o mi alemán… la coartada perfecta. Veo Tales of the Unexpected, una oportunidad para retomar el Dahl menos infantil… 14 euros. Una edición en rústica, con una portada mágica, de The Hobbit… 10 euros. Un poco más abajo, una edición de Wilt, ocasión para reírse un poco en inglés… prefiero no preguntar el precio, el papel es demasiado bueno. Apunto estoy de comprarme lo más barato de todo, una finísima Brief einer Unbekannten, 4,95 euros. Logro sin embargo resistirme, constato que las ediciones Penguin son cada vez de peor calidad, que no puedo pagar 37,95 por una gramática del alemán, y nada, me voy.

Lo mismo volvió a ocurrir a la semana siguiente, y a la siguiente… y como no tengo tanta resistencia, esta semana han caído dos: The Hobbit y Schachnovelle, ya que la Carta a una desconocida había sido vendida. Como además debe ser que me gusta hacerme mala sangre, acabo de comprobar que ambos están en la Biblioteca Universitaria de mi ciudad. ¡Yuju!

Ya no se trata de los remordimientos por gastar dinero en libros teniendo varias bibliotecas a mi disposición en Málaga, sino que… ¿qué voy a hacer con ellos? Ya apenas me caben en las estanterías que tengo repartidas por toda la casa. Hay libros que sé más que positivamente que jamás volveré a leer: Los últimos días de Pompeya, Ben Hur, Quo Vadis?, El capitán Singleton, entre otros. No los compré yo misma, ni los pedí, ni puedo recomendárselos a nadie, pero ahí están, con todo el tostón que en su día me supusieron. Otros muchos no los volveré a leer próximamente, pero no puedo deshacerme de ellos por motivos sentimentales: el favorito de mi abuela, el que me regaló mi madrina, incluso los libritos de mi infancia. Otros muchos podría releerlos, pero ¿quién sabe cuándo? ¿Merece la pena guardar las novelas de Raymond Chandler, a sabiendas de que pueden pasar 20 años hasta que quiera releer alguna? Por último, otros muchos -por desgracia, puede que la mayoría- los considero insustituibles: no voy a deshacerme voluntariamente de El señor de los anillos, Emma, La Odisea o Siddharta.

Solución: podría vender/donar/regalar/subastar en eBay los libros «sobrantes», para hacer sitio a los nuevos. El beneficio por la venta sería minúsculo para el esfuerzo que me supone dedicarle tiempo a este asunto. Regalarlos a alguna biblioteca aliviaría el problema, pero ¿qué haré cuando finalmente pueda mudarme a mi propio agujero? Sé que no voy a empaquetar todo esto en decenas de cajas para ir de alquiler en alquiler. Ya he pasado por una mudanza y empaquetamiento de libros, y he tenido suficiente para un par de vidas. Como no hay mal que por bien no venga, la falta de espacio sirve también como contención a mi consumismo bibliófilo…

En fin, que estoy atada estoy de pies y manos. Mientras, seguiré sin solucionar este tema y cayendo en la tentación de vez en cuando. La penúltima vez fue en Octubre; me consuelo pensando que, tras ocho meses de bibliotecas, bien me merezco un autoregalo. Sí, el que no se consuela, es porque no quiere.