En cualquier destino turístico y a poco que te lo propongas, acabarás visitando el palacio de turno de los reyezuelos del lugar: Versalles, Ludwigsburg, Potsdam, Peterhof, Waweł o nuestro Palacio de Oriente. Portugal no iba a ser menos, y en la vecina Sintra podemos visitar el Palacio Nacional -entre otros-, que naturalmente no puede compararse en lujo a Versalles, pero que sigue el mismo patrón de «recibidores, alcobas, retratos de reyes y familiares, porcelanas chinas y muebles de maderas nobles». Una vez se ha entrado a uno, o dos, o tres de estos palacios, el resto no son más que variaciones sobre el mismo tema. Si exceptuamos los jardines, claro, pero eso sería un tema aparte.

La Quinta da Regaleira es un lugar curioso y original. No es un palacio real (ni condal, ni ducal), sino que fue construido por un indiano millonario, un brasileño hijo de portugueses que, a principios del siglo XX, decidió construirse una mansión en la pequeña ciudad de Sintra. El señor en cuestión, António Augusto Carvalho Monteiro, había hecho fortuna en su tierra; debía ser un hombre extraño, aficionado a una mezcolanza de temas como la masonería, los templarios, el esoterismo, y cosas de ese estilo que me resulta ajeno :). Tal señor se hizo edificar una mansión extravagante, en estilo neogótico, y un jardín extraordinario, que pretende simbolizar alguna suerte de camino espiritual iniciático.

La entrada a la Quinta da Regaleira se encuentra en la parte baja de los jardines, donde está también la casa palacio. La entrada reducida cuesta cuatro euros, seis la normal; no es barato, pero no se ven sitios como éste todos los días.

El jardín crece sobre una ladera y, los que entienden de esto, dicen que se hace progresivamente más salvaje a medida que subimos hacia la parte superior, para simbolizar algún tipo de característica de la naturaleza humana (se supone que es un camino espiritual, y en la parte de arriba estaremos más cercanos a la naturaleza y a nosotros mismos…). A lo largo de los senderos hay un puñao de grutas, agujeros y caminos subterráneos, algunos totalmente oscuros, sin iluminación, húmedos, y por los que es posible adentrarse en lo profundo de la tierra sin saber a dónde llevan.

Una de las grutas
Desde una gruta, hacia los estanques del jardín.

Uno de los pasadizos
Un siniestro agujero.

Ya en la superficie, el bosque está cruzado por atajos y senderos, y salpicado aquí y allá por «atracciones» tan singulares como el Lago da Cascata, la Gruta do Oriente, el Portal dos Guardiães o el increíble Poço Iniciático, un cilindro perfecto por el que es posible descender en espiral, y en cuyo suelo el pavimento dibuja una cruz templaria.

El jardín
La selva.

Torrecilla
Torre da Regaleira.

Para terminar, en el palacio hay una exposición sobre Monteiro y el italiano que le diseñó el cotarro, Luigi Manini. Desde lo alto de una torre octogonal se puede admirar la región… y las curiosas gárgolas y muñecotes del palacio, como estos simpáticos amigos de aquí:

P. S. Olvidé decir que, como habrán podido intuir, el señor Carvalho Monteiro era un masón eminente.

P. P. S. Es un sitio muy fotogénico.