Hasta hace demasiado poco, Portugal me parecía un país gris-verdoso, húmedo y oceánico, un tanto arcaico, de hombres muy morenos y bigotudos. La opinión dominante a mi alrededor se dividía entre unos pocos admiradores de lo portugués y una amplia mayoría que, a un total desconocimiento, sumaba prejuicios como «en Portugal se come mal, se conduce aún peor, las infraestructuras están en pésimas condiciones, hace 20 años era así o asao, etc.».

No es ningún secreto que la mayoría de los españoles viven de espaldas a Portugal; incluso los que se acercan de visita son incapaces de tomarse las molestias de decirles buenos días y gracias en su idioma. No conocemos su historia, su geografía, no podemos citar un solo pintor, escultor, músico o escritor (excepto Saramago y unos pocos, Pessoa). Para la mayoría, Portugal no es otra cosa que fado, bacalao, toallas baratas y el Benfica; muchos habrán descubierto hace poco la existencia del Algarve, que antes de la desaparición de Maddie era tan conocido como el Alentejo.

Con estos precedentes, Lisboa no podía hacer otra cosa que sorprenderme:

Vista do Castelo de São Jorge

Belíssima.