Viajes11-5-2008 13:25

Portugal

  • El portugués escrito se entiende al 95% por ciento -y creo que me quedo corta-. Hablado rápido y sin tener costumbre de oírlo, no llega al 5%. Por eso, una palabra útil es devagar: despacio. Los españoles no se cortan y directamente hablan como si estuvieran en Madrid, pero a servidora no le gusta esa actitud; me recuerda a los británicos que entran en los comercios directamente hablando en su idioma, sin ni siquiera preguntar «perdone, ¿habla inglés?». Manías :).

  • Una caña es uma imperial y un café solo es, al menos en Lisboa, uma bica. La cerveza por antonomasia en Lisboa es la Sagres, ligera, pilsénica y refrescante. Los cafés son buenísimos en cualquier bar.

  • Algún que otro camarero se propondrá timarte, nada que no pueda pasar en España. ¿Cómo si no se explica que un día cueste un desayuno 4 euros y al día siguiente, con otro camarero, 3? El encargado jovencito se propuso sacarse 1 euro de propina, y bien que lo consiguió, el bribón. A cambio diremos que en un restaurante para guiris en la interesante ciudad de Sintra -porque allí no hay otro tipo de restaurantes- se olvidaron de cobrarnos dos platos por valor de unos cinco euros.

  • La gasolina es carisísima; si el litro de súper 95 costaba 1,16 € en Badajoz, en Portugal superaba los 1,5 €. Se dice pronto, pero puede suponer más de 12 euros de diferencia al llenar el depósito. El truco es entrar con el depósito lleno y no correr mucho por la autopista :).

  • Exceptuando la gasolina, Lisboa es aceptablemente barata. O Málaga es la ciudad más cara de España, que ya estoy por pensarlo. Las cañas en plena zona turística costaban un (##1##) euro (como si dijéramos, enfrente de la catedral), los cafés, 0,50 ó 0,70 €.

  • En según qué sitios se oye más español que en Torremolinos a media tarde. Es decir, que los españoles somos auténticos guiris en Lisboa… Muy reconfortante ¬¬. Al menos, a nosotros nos hablaban siempre en portugués :).

  • Todas las calles lisboetas tienen parquímetros. Esto es, no hay zona azul propiamente dicha, sino que cada cinco metros plantan la consabida P blanca sobre fondo azul. Nosotros acabamos aparcando casi en las afueras, más allá del Campus Universitario. Como hay metro, no hay problema.

  • Relacionado con el punto anterior, el transporte público es barato y funciona bien (al menos, ésa fue la primera impresión). Sólo hay cuatro líneas de metro, pero es suficiente para una ciudad de 500.000 habitantes. El billete simple para el metro cuesta 0,75; el que sirve combinado para autobuses, tranvías y metro sale a 1,20. Una buena opción es un billete válido durante 24h, con el que puedes coger todos los autobuses, tranvías y metros que quieras por 3,50. Para ir a las localidades cercanas, el tren sale también muy bien: por ejemplo, 1,60 € por un viaje de más de media hora en el tren Lisboa-Sintra.

Y… sólo fueron tres días, ¡ojalá me pueda quedar más tiempo la próxima vez!

Viajes10-5-2008 13:19

En cualquier destino turístico y a poco que te lo propongas, acabarás visitando el palacio de turno de los reyezuelos del lugar: Versalles, Ludwigsburg, Potsdam, Peterhof, Waweł o nuestro Palacio de Oriente. Portugal no iba a ser menos, y en la vecina Sintra podemos visitar el Palacio Nacional -entre otros-, que naturalmente no puede compararse en lujo a Versalles, pero que sigue el mismo patrón de «recibidores, alcobas, retratos de reyes y familiares, porcelanas chinas y muebles de maderas nobles». Una vez se ha entrado a uno, o dos, o tres de estos palacios, el resto no son más que variaciones sobre el mismo tema. Si exceptuamos los jardines, claro, pero eso sería un tema aparte.

La Quinta da Regaleira es un lugar curioso y original. No es un palacio real (ni condal, ni ducal), sino que fue construido por un indiano millonario, un brasileño hijo de portugueses que, a principios del siglo XX, decidió construirse una mansión en la pequeña ciudad de Sintra. El señor en cuestión, António Augusto Carvalho Monteiro, había hecho fortuna en su tierra; debía ser un hombre extraño, aficionado a una mezcolanza de temas como la masonería, los templarios, el esoterismo, y cosas de ese estilo que me resulta ajeno :). Tal señor se hizo edificar una mansión extravagante, en estilo neogótico, y un jardín extraordinario, que pretende simbolizar alguna suerte de camino espiritual iniciático.

La entrada a la Quinta da Regaleira se encuentra en la parte baja de los jardines, donde está también la casa palacio. La entrada reducida cuesta cuatro euros, seis la normal; no es barato, pero no se ven sitios como éste todos los días.

El jardín crece sobre una ladera y, los que entienden de esto, dicen que se hace progresivamente más salvaje a medida que subimos hacia la parte superior, para simbolizar algún tipo de característica de la naturaleza humana (se supone que es un camino espiritual, y en la parte de arriba estaremos más cercanos a la naturaleza y a nosotros mismos…). A lo largo de los senderos hay un puñao de grutas, agujeros y caminos subterráneos, algunos totalmente oscuros, sin iluminación, húmedos, y por los que es posible adentrarse en lo profundo de la tierra sin saber a dónde llevan.

Una de las grutas
Desde una gruta, hacia los estanques del jardín.

Uno de los pasadizos
Un siniestro agujero.

Ya en la superficie, el bosque está cruzado por atajos y senderos, y salpicado aquí y allá por «atracciones» tan singulares como el Lago da Cascata, la Gruta do Oriente, el Portal dos Guardiães o el increíble Poço Iniciático, un cilindro perfecto por el que es posible descender en espiral, y en cuyo suelo el pavimento dibuja una cruz templaria.

El jardín
La selva.

Torrecilla
Torre da Regaleira.

Para terminar, en el palacio hay una exposición sobre Monteiro y el italiano que le diseñó el cotarro, Luigi Manini. Desde lo alto de una torre octogonal se puede admirar la región… y las curiosas gárgolas y muñecotes del palacio, como estos simpáticos amigos de aquí:

P. S. Olvidé decir que, como habrán podido intuir, el señor Carvalho Monteiro era un masón eminente.

P. P. S. Es un sitio muy fotogénico.

Viajes6-5-2008 23:32

Hasta hace demasiado poco, Portugal me parecía un país gris-verdoso, húmedo y oceánico, un tanto arcaico, de hombres muy morenos y bigotudos. La opinión dominante a mi alrededor se dividía entre unos pocos admiradores de lo portugués y una amplia mayoría que, a un total desconocimiento, sumaba prejuicios como «en Portugal se come mal, se conduce aún peor, las infraestructuras están en pésimas condiciones, hace 20 años era así o asao, etc.».

No es ningún secreto que la mayoría de los españoles viven de espaldas a Portugal; incluso los que se acercan de visita son incapaces de tomarse las molestias de decirles buenos días y gracias en su idioma. No conocemos su historia, su geografía, no podemos citar un solo pintor, escultor, músico o escritor (excepto Saramago y unos pocos, Pessoa). Para la mayoría, Portugal no es otra cosa que fado, bacalao, toallas baratas y el Benfica; muchos habrán descubierto hace poco la existencia del Algarve, que antes de la desaparición de Maddie era tan conocido como el Alentejo.

Con estos precedentes, Lisboa no podía hacer otra cosa que sorprenderme:

Vista do Castelo de São Jorge

Belíssima.

Música, Viajes, Vicisitudes4-5-2008 22:14

Tenía escrita una entrada hiperdeprimente con este título y esta banda sonora:


Afortunadamente, no tuve tiempo de largarla por aquí antes de irme. Ahora, después de tres días en «el país vecino», parece que las cosas se ven de otra manera, aunque sólo sea el haber despedido por unas cuántas noches los problemas de sueño que arrastro desde hace semanas. En resumidas cuentas, no hay nada como parar y tomar aire. Ahora, vuelta al trabajo.

P.S. No doy crédito. Tres calles más allá hay un grupo de cretinos quinquis armando jaleo, y el macho dominante se dedica a gritar aquello de:

¡Eto’o, cabrón, saluda al campeón!

En fin, hogar, dulce hogar.

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