Hoy quería escribir sobre la frustración que se siente cuando se terminan ciertos libros; entendámonos, algunos lectores somos así: leemos con ansiedad y avidez, a toda velocidad, queremos saberlo todo sobre nuestra historia y claro, cuanto antes, mejor; aunque tengamos otras cosas que hacer, nos decimos que no pasa nada por aplazarlas media hora más o hasta el próximo capítulo, aunque luego se conviertan en tres horas o cientos de páginas. Pero cuando la historia acaba, nos queda una sensación de vacío, de «¿y ahora qué?», y nos prometemos que vamos a releerlo en un par de meses, en cuanto la historia se haya desvanecido un poco de nuestra mente.
Quería escribir un articulillo insignificante sobre eso, pero nada más empezar, me he dado cuenta de que aquello empezaba a sonar vagamente familiar; al momento, era extremadamente familiar. Y me acordé. Es el primer capítulo de La historia interminable, la parte roja, la que más me gusta. En mi edición, cosa que no sé si será común a todas, la parte del mundo «real» está escrita en caracteres rojos, y la de Fantasía, en color verde. En el primer capítulo es presentado Bastián Baltasar Bux, el niño con el que supongo que todos los niños excéntricos nos hemos identificado alguna vez. Y los párrafos en cuestión dicen así:
Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…
Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…
Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…
Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.
Y todo esto venía a cuento de El retrato de una dama, cuyas páginas han volado entre mis dedos en unos días. No sospechaba que fuera a engancharme: había visto en algún momento imágenes de la película y no me habían atraído nada; ahora lo único que lamento es que me hayan obligado a ponerle a Isabel Archer la cara de Nicole Kidman. Lo de John Malkovich lo llevo bastante mejor :)




