Mirando al mundo que nos rodea, se puede tener la sensación de que ninguna época ha importado más que esta, y que en épocas pasadas el hombre vivía como un animal, hasta que llegaron inventos como el teléfono, internet, electricidad, o coches, moviéndose de un sitio a otro en medios de transporte rudimentarios como los caballos, alumbrándose como bárbaros con antorchas, escuchando música retrógrada salida de tambores de la selva en vez de reggaeton, hip-hop o breakbeat, adorando a deidades prehistóricas, sin conocer las delicias del botellón, los San Fermines o el Mundial de Fútbol. Pero la historia nos dice que las civilizaciones van cayendo poco a poco, a menudo cuando se consideran tan autosuficientes que les facilitan el trabajo a los pueblos invasores. Y no es extraño que queden olvidadas para siempre, que se pierda su ciencia, sus costumbres, su arte, sus aportaciones…su voz. Egipto pasó por esto. Los restos de una de las civilizaciones más poderosas, y a la vez más refinadas de la historia, acabaron repartidos entre ladrones de tumbas. Llegó un momento en que ya nadie sabía nada de los antiguos egipcios, y en que ya nadie recordaba su lengua: la memoria histórica de los egipcios estaba destinada a perderse para siempre en la noche de los tiempos.
Pero a veces suceden los milagros (¿sí?), si es que puede considerarse un milagro que fueran los europeos los que despertaran de su letargo milenario al Antiguo Egipto. Cuando las tropas napoleónicas llagaron a Egipto, hace unos 200 años, se dedicaron a documentar, analizar y estudiar los restos arqueológicos, para luego exponerlos en los museos de media Europa. Y así, un pedrusco negro y feo de 750 kilos y poco más de un metro de altura, cubierto de garabatos, que habría pasado desapercibido para los saqueadores, se convirtió en la llave de acceso a una sabiduría milenaria, una historia olvidada, a un universo de poesía perdida y mucho más: la piedra de Rosetta. Champollion, el encargado de investigarla, partiendo de la hipótesis de que los egipcios encerraban el nombre de sus reyes en cartuchos, y sabiendo que en la piedra figuraba el nombre de Ptolomeo V, porque estaba escrita en griego también, pudo ir extrayendo el significado de los símbolos alfabéticos. Eso y su vasto conocimiento de copto, la última lengua heredera el egipcio antiguo, hicieron el resto. Ahora el egipcio antiguo se enseña en universidades de todo el mundo, y, aunque haya perdido el aurea romántica de las lenguas desconocidas, es una útil herramienta para descubrir las intimidades de una civilización mucho más duradera que la nuestra, al menos hasta el momento.
A pesar de lo que pueda parecer, los jeroglíficos no son un sistema de escritura inhumanamente complicado. No se han catalogado más de 800 símbolos diferentes, muchos menos de los miles y miles de símbolos del chino o el japonés. Además, es en parte alfabético, y los ideogramas son, en general, dibujos que representan más o menos fielmente su significado. Por desgracia no sabremos nunca cómo se pronuncia (excepto alguna que otra palabra aislada), ya que los egipcios, al igual que los árabes o los hebreos, no representan las vocales, solo las consonantes. Una de las que conocemos es
"sol", que se pronunciaría algo así como ri’a. Si alguien se pregunta si sobrevive alguna palabra de origen egipcio en español, la respuesta es sí: la palabra "faraón" proviene de
que se pronunciaría algo así como par-o’a, con el significado original de "casa grande".
También podríamos especular con algunas coincidencias en el lenguaje… por ejemplo, la palabra "padre", probablemente básica y muy definitoria en cualquier idioma, es muy parecida en euskera y en egipcio antiguo: aita y ait- respectivamente. ¿Urdimos alguna teoría conspiratoria en torno a la relación vasco-oriental? No demos ideas…
Como conclusión, bien podríamos exclamar entusiastas seš-i neter-medewet iw-i em rešewet!:
O, transliterémoslo à la arabica: Siša natur mudawit, awa am rašiwat. ¡Ejemplar manera de decir que estoy contenta si escribo jeroglíficos!